domingo, 15 de febrero de 2015

La Musa




Bajo el agua se escuchaba tu respiración. Es por eso que, dada semejante imagen, me preguntaba si en verdad me temías o si sólo era un capricho más. Y aún con todas esas emociones quemando el aire, ¿cómo reprochar tu comportamiento azaroso si era, bajo todo juicio inteligible, parte de tu naturaleza?

Ella fue quien te dejó ir esta vez. ¿Te liberó de nosotros? Entropía pura: esa fuerza honda de tu alma que, deshilvanándose con la agitación de tu cuerpo, se derramaba allí por donde pasase tu carrera. ¿Jamás volverás? Qué pregunta tan estúpida: la verdadera cuestión se airea en que ella tuvo a bien abrir la vieja aldaba roja que te contenía. Rojas las lozas de tu otrora cárcel y roja la piedra de mi nueva casa: el color es el único parentesco aparente entre amabas edificaciones. Eso, y que, excluyendo la superficial apariencia, ambas son finitas.

Y en ese caldo donde se ahogaba el recuerdo, allí donde se perdía tu imagen y aparecía la mía, la de ella, y la de mi casa, espero ver frente a mí tu sacrificio. Espero ver si es preferible morir ahogado a volver al cautiverio.

~o~

viernes, 23 de enero de 2015

Cielo



¿Hasta qué punto el cielo pudiera ser plano sin que lo supiéramos?

Parece una pregunta estúpida, sin embargo, es una forma de pensar aquello de lo que tenemos todas las pruebas, pero hay aún la posibilidad de desvelar una farsa (i.e., ¿cuántos de nosotros hemos volado lo suficientemente alto para comprobarlo por experiencia?).

Discurrir con este tipo de pensamientos es ininteligible; situarnos en ellos es colocarnos al borde del delirio.

De lugares así han de venir las ideas.
 
~o~

sábado, 27 de diciembre de 2014

Jardín

(Fotografía: Keristin Gaber)



Cuando practico caligrafía no puedo dejar de pensar en mi abuela.

Ella y su hermana crecieron en el centro de Campeche.

Apenas comenzaba el siglo, y sus padres atendían una panadería.

Mi abuelo y su hermano llegaron del puerto de Vigo a Campeche en un barco que transportaba parrillas, pinzas, y quizás otras cosas que bien podrían usarse para hornear pan.

Llegaron juntos, pero eran marineros, no hermanos.

Uno se va de casa para encontrarla en otra parte.

Pedro se robó a Rosa, mi abuela, la hermana menor.

Prisciliano se robó a Lucrecia, la hermana mayor.

Luciana, la primer hija de mis abuelos murió a los dos años.

Mi abuelo se fue.

Dicen que trabajó en una plantío de chicle.

Era un hombre bravo, lo mataron a machetazos en una pelea.

No sabía que mi abuela estaba embarazada cuando se fue.

Cuando veo a mi hijo no puedo dejar de pensar en mi padre.

Mi abuela no tuvo leche, a mi padre lo amamantaron las mujeres del pueblo que recién habían sido madres.

El jardín más hermoso que he visto era de mi abuela, la mujer más dura que he conocido.

Mi padre era casi un santo, era tan bueno que todos en el pueblo le veían la cara.

Llevo cuarenta años viviendo en la Ciudad de México, pero la caligrafía me hace pensar en mi padre, en mi abuela y en mi hijo.

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viernes, 7 de marzo de 2014

Vida y tecnología, dudas de un apóstata


Alguna vez leí en una revista (de esas que ayudan a sobrevivir con dignidad en veladas snobs) un artículo sobre la evolución de los cubiertos. La cuchara, el tenedor y el cuchillo, que sin pensar usamos todos los días, tienen una añeja genealogía emparentada con las costumbres de la burguesía. En otra ocasión, al inicio de mi doctorado, mi tutor me explicaba que uno puede estudiar cualquier cosa a fondo. Es decir, todos los objetos construidos tienen una historia, provienen de algún lugar, y podemos trasladarlos a nuevos parajes.

Pareciera que hasta las cosas más contemporáneas del mundo (incluyendo las menos objetuales) son metáforas de otras más viejas: en las computadoras tenemos escritorios plagados de iconos; en Word tenemos topes de margen, retornos de carro y saltos de línea como en las antiguas máquinas de escribir; en facebook solicitamos amistad recíproca, llevamos agendas* de eventos*, y ¡hasta tenemos inboxes*!

Entonces, ¿qué es lo nuevo? ¿Acaso lo nuevo existe?

Pienso, pienso, y pienso, ¿qué sería algo "auténticamente nuevo"? ¿Lo "auténticamente nuevo" tendría que crear un campo semántico disjunto al de los ya existentes?

Entre los artefactos tecnológicos de nuestro tiempo en que puedo pensar, sólo encuentro aquellas metáforas que extienden el campo semántico de sus ancestros. El concepto de fotografía abarca hoy más gracias a los sensores digitales y los programas de manipulación y distribución de imágenes. El concepto de la música es ahora más amplio gracias a los sintetizadores, tornamesas, micrófonos piezoeléctricos, y miriadas de efectos electrónicos. La correspondencia y la comunicación se expandieron increíblemente con Internet y los celulares. Incluso estos últimos, y sus parientes las tabletas, tienen "teclados" y "botones".

Todo esto modifica el cómo manejamos nuestras vidas, nuestra interacción con los demás, y está muy bien. Pero, ¿nos cambia a nosotros?

Puesto de otra forma: ¿el concepto de "humano" se extendió con el boom tecnológico?, ¿con la revolución industrial?, ¿con la Ilustración?

¿No será que estamos exagerando las implicaciones de la tecnología, particularmente de Internet?

Pienso, sin embargo, en un caso donde la tecnología sí podría cambiar profundamente nuestra vida, nuestra vida interior. Hay un caso donde la tecnología sí nos da una opción más que no existía antes. Si quisiera saber cómo la tecnología puede modificar nuestra realidad, darnos a los humanos una nueva alternativa de vida, si quisiera saber eso, creo que la persona adecuada para responderme sería un transexual.

* Que el Dios del buen español dispense mis anglicismos.

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jueves, 9 de enero de 2014

2014 y el eterno retorno


Ayer recibí el 2014 en un restaurante argentino en San Cristobal de las Casas. Estuvo aburrido a muerte. La cena deliciosa, pero nada allí que me tocara realmente. Excepto, quizás, que una tras otra las vi, a ellas tres. Claro, no estaban allí en verdad, pero las vi. Una después de la otra, celebrando como todos los demás comensales. Me sentí como en esas escenas trilladas de Hollywood: cuando el protagonista muere lo reciben todas las ánimas que perecieron antes pero que ayudaron a formarlo, a veces con sólo morir. Por supuesto yo no me estaba muriendo, solamente estaba cambiando de año, y viajando.


Un viaje te hace, o te deshace. Así rezaba la sinopsis del libro que me mostró Gigi, una de las dos activistas belgas que conocí afuera del CIDECI, cerca de San Juan Chamula. Las dos, entradas en su sexta década, estaban allí para iniciar la Escuelita Zapatista al día siguiente. Gigi me contó sobre su trabajo en las comunidades indígenas de Canadá, y cómo la cultura india de esa parte de Norteamérica estaba prácticamente perdida. También había trabajado en comunidades pobres de Sudamérica y Palestina. Pero allá, en el Asia Occidental, estaba el mayor sufrimiento que había visto en el mundo.

Pero, regresando a la fiesta de ayer, lo mejor de la cena fue la música (siempre). Un dúo, uruguaya y chileno, maracas y acordeón, tocaba tangos, boleros, valses, y hasta cumbias. Se aferró a mí la española Pa ti no estoy, a veces no estamos pa nadie. Todas las canciones habían sido recopiladas en su viaje. No contaron la historia, pero no es nada difícil acomodarles una. Ambos partieron de su país de origen esperando hacer el mítico recorrido por América Latina. En la Patagonia se conocieron, se enamoraron y viajaron juntos. Siempre de pueblo en pueblo, tocando y aprendiendo la música de donde fuesen. Pero la travesía no terminaba aquí en América, también visitaron el Viejo Mundo: Lisboa, Madrid, Barcelona, Toulouse, París. En México visitaban a sus amigos argentinos, a quienes también conocieron en el camino. Cuando terminaron de tocar, salieron al balcón para cenar con la vista al centro de San Cristobal. Tomados de la mano, en silencio absoluto, y mirándose siempre a los ojos. Tan pronto terminó el brindis salí de ahí, tomé un taxi, y regresé al hotel donde una mejor fiesta me aguardaba.

Cuando llegué a San Cristobal, al salir de la terminal de autobuses una bella vendedora me ofreció un cuarto en un hotel fuera del centro. Llamé con el celular a otros hoteles de los que llevaba recomendación, sin lograr encontrar uno más barato; así que la chica me convenció fácilmente. El hotel lo administraban la vendedora, su esposo, y un amigo. Rápidamente entablé amistad con todos. El amigo de la pareja, Nelo, había trabajado como DJ en muchos bares y restaurantes de San Cristobal. Me contó que cuando era estudiante, hace 20 años, salió en la madrugada de tocar en una fiesta y se topó con un montón de encapuchados tomando el centro de San Cristobal. Se acercó a uno de ellos y le preguntó qué pasaba. El hombre respondió que estaban allí luchando por los derechos de los indígenas, y le dio una larga y detallada explicación de los principios fundamentales de aquella lucha. En los días siguientes, la foto de aquél sujeto circulaba por todos los diarios y pantallas de televisión: el Subcomandante Marcos, líder de la insurgencia zapatista.

Durante mi primera visita a San Juan Chamula, el guía, un filósofo emancipado, nos explicaba que no podíamos entender la cultura del lugar desde un punto de vista occidental. Los indios de la zona tenían una base de pensamiento completamente diferente, incluso trazar analogías exactas resultaba difícil. Al mirar a un indígena vestido de ropas de lana y sandalias, no podíamos juzgar si era pobre, ignorante o infeliz. Todos hablan dos idiomas, el nativo (tzotzil y tzeltal los más comunes entre quienes pude preguntar, aunque se hablan muchos más) y español. La actividad principal es el comercio, y como todo comercio se adapta a su mercado (turismo, en buena parte). Algunos residentes son acaudalados, pero siguen fieles a la tradición de la comunidad. San Juan Chamula es un centro ceremonial religioso, explicaba nuestro guía, parecido a lo que fue Palenque en el pasado. La iglesia en el centro del pueblo tiene la misma apariencia que cualquier templo católico colonial, sin embargo, no se celebra ningún rito católico allí.

Los residentes de Chamula, o Chamulas (en realidad residente tampoco es un término adecuado, pues Chamula no es un pueblo o villa como tal), usan nombres españoles y cristianos para nombrar a sus deidades y festividades en castellano, pero el significado nada tiene que ver con el que los occidentales conocemos. Dentro del templo subsisten esculturas e iconología católica, pero muchas veces con nombres distintos al pie u otras modificaciones. Por ejemplo, la efigie del Sagrado Corazón tiene un espejo en lugar del palpitante órgano, así como casi todas las esculturas de los santos que residen en el lugar. El espejo en el corazón simboliza su pureza, y los santos denotan elementos propios de la religión local. La fiesta navideña coincide con el solsticio de invierno: el día más corto del año. Pero no puede existir un día más corto sin un día más largo, el solsticio de verano; ambos con igual importancia.

Tal dualidad es parte de la base estructural de su pensamiento, religión y sociedad. Incluso, en su politeísmo, el concepto de Dios o Dioses no es totalmente adecuado, pues como para una planta sol, agua y tierra son igualmente importantes, cada divinidad maya tiene la misma relevancia que las demás. Así pues, el gran concepto de Dios (o Dioses, aquí también, pues hay otros en occidente como la ciencia y el progreso), ese máximo punto fijo de la bondad, no puede aplicarse en este pensamiento. Un miembro de esta comunidad no puede creer que Cristo nació de una virgen, pues es necesaria la dualidad hombre-mujer. Si el sujeto creyese algo así, rompería por completo con la base de su religión. Cuando esto sucede, son expulsados de la comunidad.

De vuelta a la crónica (más o menos), tras el brindis regresé al hotel antes de la una de la madrugada. Estaban los tres administradores, y tres huéspedes más. Tan pronto crucé la puerta me ofrecieron ponche, habían terminado de cenar en el pequeño patio central del hotel. Una de las huéspedes había recién salido de la Escuelita. Esta chica es activista feminista, y estaba decepcionada por el tratamiento y distinción de género en la comunidad zapatista donde había residido. Las mujeres tenían derecho de ocupar cargos políticos, pero no lo hacían. Los hombres seguían teniendo más libertades de facto, mientras que las mujeres sólo se ocupaban del hogar. Por su parte, Nelo nos explicaba que el conflicto tenía algunos orígenes religiosos. Cuando las iglesias protestantes llegaron a Chiapas ganaron muchos adeptos. Esto causó rupturas y destierros en las comunidades, incluso dentro de las familias. Los conversos fueron expulsados y sus tierras expropiadas. Algunos dirigentes religiosos comenzaron a organizarse para defender los derechos de quienes se quedaban, y buscaron los mismos “privilegios” (luz, drenaje, y demás cuestiones básicas que cualquier ciudadano demandaría) de aquellos que habían emigrado a las ciudades y a veces recibido “apoyos” del gobierno (sí, todo entre comillas, porque aquí nada es lo que parece a primera vista).

La velada continuó hasta las cinco de la mañana, cuando otros huéspedes salían del hotel para partir a sus ciudades de origen. La pasé muy bien. Hoy, en la celebración conmemorando los 20 años del levantamiento zapatista, leo en La Jornada: Nicolás, miliciano zapatista, admite que han cometido errores, explica que los medios consideran muerto al movimiento, pero que han tenidos grandes logros, destacando la preservación de las culturas locales, y el sostenimiento de las comunidades autosustentables y autogobernadas en los territorios autónomos en rebeldía,: el zapatismo sigue vivo y se está mostrando al mundo a través de la Escuelita.

Si bien estoy lejos de poder emitir cualquier crítica bien sustentada (ignoro buena parte de la historia), algo empiezo a entender. Entiendo, al menos, la importancia para occidente de respetar a estas comunidades, su cultura, y su propio desarrollo. Nosotros aprendemos, a ellas se les respeta su derecho de ser. ¿Pero qué es lo que occidente puede aprenderles? No me siento capacitado para hacer una lista que haga justicia. Sin embargo, por lo pronto, dada la suerte que corre en nuestros días, diría que no sólo es el conocimiento de un mundo posible, sino más bien que otro mundo es posible.


San Cristobal de las Casas
1 de enero de 2014

  
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lunes, 20 de mayo de 2013

Apropiación de territorios



Siempre resulta interesante percibir el mundo a través de los sentidos del otro, y no hay mejor lugar donde las sensaciones percibidas sean más fuertes que en el hogar. Pero nuestro hogar cambia. En algún momento de nuestra vida salimos de la casa de nuestros padres y entramos a una residencia mucho más grande. Nuestra morada se expande, deja de ser nuestra habitación, nuestro escritorio y librero. Ahora nuestro hogar es además la ciudad, el suburbio o el pueblo donde radicamos.

Mercedes López (México, D.F.) nos muestra en una serie de fotografías, tomadas en distintos tiempos y en distintos puntos de la Ciudad de México, esa mirada del otro, esa mirada de sensaciones henchidas. La mirada de su hogar.

En este ejercicio de significación de espacios, la autora desvela un proceso de apropiación de los distintos lugares que han sido su morada. Al ver las fotografías nos preguntamos ¿qué lugar es éste? ¿quiénes son esas personas que lo habitan, que juegan allí? Mercedes nos responde: este es mi hogar, aquí vivo, aquí juego, aquí sueño.





















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martes, 14 de mayo de 2013

Con la música por dentro




I am Sitting in a Room, Alvin Lucier. Fuente: Amazon.com
«¿Sabes cómo finalmente será el sonido de estos procesos?», le pregunta F. J. Oteri a Lucier1; la respuesta: un simple no. Quizás, al leer la partitura anterior, quienes jamás hayan oído alguna interpretación de I am Sitting in a Room (Lucier, Alvin; 1969) tengan la misma incertidumbre que el propio Lucier. Por fortuna 44 años después podemos simplemente dirigir la proa hacia Youtube2. En breve: el resultado es que, gradualmente, con la persistencia del intérprete en cada generación la grabación original se diluye, quedando al final un sonido continuo compuesto por las frecuencias armónicas resaltadas por el recinto: un drone3.
Ya en 1952 John Cage había explorado las posibilidades musicales del silencio en su polémica composición 4'33”4: una pieza musical puede consistir únicamente de los sonidos ambientales del recinto donde se ejecuta. ¿En dónde queda la obra y el papel de los espectadores aquí? La obra son todos los presentes, seres animados o no, y además cada uno forma parte esencial de la propia ejecución. ¿Podemos encontrar el inverso o, mejor dicho, el complemento de tal experiencia panestética? En mi opinión sí, y la muestra es I am Sitting in a Room.
En I am Sitting in a Room la voz del ejecutante se funde al fin con aquellas frecuencias que la confinan. Los sonidos del viento, el bullicio de la gente y el tráfico, sonidos exudados de las paredes. La resonancia de la habitación diluye y amalgama todos estos fantasmas musicales en uno solo. Pero entonces ¿la obra son todos los sonidos presentes? La partitura permite la voz del ejecutante o cualquier otra grabación y, como en 4'33”, en conjunto forman parte de la ejecución. Pero aquí todo se concentra en un único punto que habrá de desatar un Big Bang interno en el que escucha.
¿Quién no ha redimido los estruendos de una fábrica convirtiéndolos en cadenciosas percusiones? No hay quien sea incapaz de transformar la bulla de la gente en olas de mar, incapaz de acompañar el aliento del océano con una suave melodía que jamás tocará el mundo externo. Si el silencio nos deja desamparados en un océano de éter, la gradual concentración de todos los sonidos en uno solo no puede sino potenciar nuestra capacidad de acompañarlo con las tonalidades y ritmos que emerjan desde nuestra intimidad.
La astucia de Lucier consistió en transformar sus limitaciones (su voz en la grabación original era importante para él pues es tartamudo) en una obra que puede fascinar a cualquiera. El compositor nos dice en la partitura que al final se conserva el ritmo de la primera generación, sin embargo, lo que se conserva es el ritmo de quien escucha: el que lleva la música por dentro.