Ayer recibí el 2014 en un restaurante argentino en San Cristobal de las Casas. Estuvo aburrido a muerte. La cena deliciosa, pero nada allí que me tocara realmente. Excepto, quizás, que una tras otra las vi, a ellas tres. Claro, no estaban allí en verdad, pero las vi. Una después de la otra, celebrando como todos los demás comensales. Me sentí como en esas escenas trilladas de Hollywood: cuando el protagonista muere lo reciben todas las ánimas que perecieron antes pero que ayudaron a formarlo, a veces con sólo morir. Por supuesto yo no me estaba muriendo, solamente estaba cambiando de año, y viajando.

Un viaje te hace, o te deshace. Así rezaba la sinopsis del libro que me mostró Gigi, una de las dos activistas belgas que conocí afuera del CIDECI, cerca de San Juan Chamula. Las dos, entradas en su sexta década, estaban allí para iniciar la Escuelita Zapatista al día siguiente. Gigi me contó sobre su trabajo en las comunidades indígenas de Canadá, y cómo la cultura india de esa parte de Norteamérica estaba prácticamente perdida. También había trabajado en comunidades pobres de Sudamérica y Palestina. Pero allá, en el Asia Occidental, estaba el mayor sufrimiento que había visto en el mundo.
Pero, regresando a la fiesta de ayer, lo mejor de la cena fue la música (siempre). Un dúo, uruguaya y chileno, maracas y acordeón, tocaba tangos, boleros, valses, y hasta cumbias. Se aferró a mí la española
Pa ti no estoy, a veces no estamos pa nadie. Todas las canciones habían sido recopiladas en su viaje. No contaron la historia, pero no es nada difícil acomodarles una. Ambos partieron de su país de origen esperando hacer el mítico recorrido por América Latina. En la Patagonia se conocieron, se enamoraron y viajaron juntos. Siempre de pueblo en pueblo, tocando y aprendiendo la música de donde fuesen. Pero la travesía no terminaba aquí en América, también visitaron el Viejo Mundo: Lisboa, Madrid, Barcelona, Toulouse, París. En México visitaban a sus amigos argentinos, a quienes también conocieron en el camino. Cuando terminaron de tocar, salieron al balcón para cenar con la vista al centro de San Cristobal. Tomados de la mano, en silencio absoluto, y mirándose siempre a los ojos. Tan pronto terminó el brindis salí de ahí, tomé un taxi, y regresé al hotel donde una mejor fiesta me aguardaba.
Cuando llegué a San Cristobal, al salir de la terminal de autobuses una bella vendedora me ofreció un cuarto en un hotel fuera del centro. Llamé con el celular a otros hoteles de los que llevaba recomendación, sin lograr encontrar uno más barato; así que la chica me convenció fácilmente. El hotel lo administraban la vendedora, su esposo, y un amigo. Rápidamente entablé amistad con todos. El amigo de la pareja, Nelo, había trabajado como DJ en muchos bares y restaurantes de San Cristobal. Me contó que cuando era estudiante, hace 20 años, salió en la madrugada de tocar en una fiesta y se topó con un montón de encapuchados tomando el centro de San Cristobal. Se acercó a uno de ellos y le preguntó qué pasaba. El hombre respondió que estaban allí luchando por los derechos de los indígenas, y le dio una larga y detallada explicación de los principios fundamentales de aquella lucha. En los días siguientes, la foto de aquél sujeto circulaba por todos los diarios y pantallas de televisión: el Subcomandante Marcos, líder de la insurgencia zapatista.
Durante mi primera visita a San Juan Chamula, el guía, un filósofo emancipado, nos explicaba que no podíamos entender la cultura del lugar desde un punto de vista occidental. Los indios de la zona tenían una base de pensamiento completamente diferente, incluso trazar analogías exactas resultaba difícil. Al mirar a un indígena vestido de ropas de lana y sandalias, no podíamos juzgar si era pobre, ignorante o infeliz. Todos hablan dos idiomas, el nativo (tzotzil y tzeltal los más comunes entre quienes pude preguntar, aunque se hablan muchos más) y español. La actividad principal es el comercio, y como todo comercio se adapta a su mercado (turismo, en buena parte). Algunos residentes son acaudalados, pero siguen fieles a la tradición de la comunidad. San Juan Chamula es un centro ceremonial religioso, explicaba nuestro guía, parecido a lo que fue Palenque en el pasado. La iglesia en el centro del pueblo tiene la misma apariencia que cualquier templo católico colonial, sin embargo, no se celebra ningún rito católico allí.
Los residentes de Chamula, o Chamulas (en realidad residente tampoco es un término adecuado, pues Chamula no es un pueblo o villa como tal), usan nombres españoles y cristianos para nombrar a sus deidades y festividades en castellano, pero el significado nada tiene que ver con el que los occidentales conocemos. Dentro del templo subsisten esculturas e iconología católica, pero muchas veces con nombres distintos al pie u otras modificaciones. Por ejemplo, la efigie del Sagrado Corazón tiene un espejo en lugar del palpitante órgano, así como casi todas las esculturas de los santos que residen en el lugar. El espejo en el corazón simboliza su pureza, y los santos denotan elementos propios de la religión local. La fiesta navideña coincide con el solsticio de invierno: el día más corto del año. Pero no puede existir un día más corto sin un día más largo, el solsticio de verano; ambos con igual importancia.
Tal dualidad es parte de la base estructural de su pensamiento, religión y sociedad. Incluso, en su politeísmo, el concepto de Dios o Dioses no es totalmente adecuado, pues como para una planta sol, agua y tierra son igualmente importantes, cada divinidad maya tiene la misma relevancia que las demás. Así pues, el gran concepto de Dios (o Dioses, aquí también, pues hay otros en occidente como la ciencia y el progreso), ese máximo punto fijo de la bondad, no puede aplicarse en este pensamiento. Un miembro de esta comunidad no puede creer que Cristo nació de una virgen, pues es necesaria la dualidad hombre-mujer. Si el sujeto creyese algo así, rompería por completo con la base de su religión. Cuando esto sucede, son expulsados de la comunidad.
De vuelta a la crónica (más o menos), tras el brindis regresé al hotel antes de la una de la madrugada. Estaban los tres administradores, y tres huéspedes más. Tan pronto crucé la puerta me ofrecieron ponche, habían terminado de cenar en el pequeño patio central del hotel. Una de las huéspedes había recién salido de la Escuelita. Esta chica es activista feminista, y estaba decepcionada por el tratamiento y distinción de género en la comunidad zapatista donde había residido. Las mujeres tenían derecho de ocupar cargos políticos, pero no lo hacían. Los hombres seguían teniendo más libertades de facto, mientras que las mujeres sólo se ocupaban del hogar. Por su parte, Nelo nos explicaba que el conflicto tenía algunos orígenes religiosos. Cuando las iglesias protestantes llegaron a Chiapas ganaron muchos adeptos. Esto causó rupturas y destierros en las comunidades, incluso dentro de las familias. Los conversos fueron expulsados y sus tierras expropiadas. Algunos dirigentes religiosos comenzaron a organizarse para defender los derechos de quienes se quedaban, y buscaron los mismos “privilegios” (luz, drenaje, y demás cuestiones básicas que cualquier ciudadano demandaría) de aquellos que habían emigrado a las ciudades y a veces recibido “apoyos” del gobierno (sí, todo entre comillas, porque aquí nada es lo que parece a primera vista).
La velada continuó hasta las cinco de la mañana, cuando otros huéspedes salían del hotel para partir a sus ciudades de origen. La pasé muy bien. Hoy, en la celebración conmemorando los 20 años del levantamiento zapatista, leo en La Jornada: Nicolás, miliciano zapatista, admite que han cometido errores, explica que los medios consideran muerto al movimiento, pero que han tenidos grandes logros, destacando la preservación de las culturas locales, y el sostenimiento de las comunidades autosustentables y autogobernadas en los territorios autónomos en rebeldía,: el zapatismo sigue vivo y se está mostrando al mundo a través de la Escuelita.
Si bien estoy lejos de poder emitir cualquier crítica bien sustentada (ignoro buena parte de la historia), algo empiezo a entender. Entiendo, al menos, la importancia para occidente de respetar a estas comunidades, su cultura, y su propio desarrollo. Nosotros aprendemos, a ellas se les respeta su derecho de
ser. ¿Pero qué es lo que occidente puede aprenderles? No me siento capacitado para hacer una lista que haga justicia. Sin embargo, por lo pronto, dada la suerte que corre en nuestros días, diría que no sólo es el conocimiento de un mundo posible, sino más bien que
otro mundo es posible.
San Cristobal de las Casas