I am Sitting in a Room,
Alvin Lucier. Fuente: Amazon.com
«¿Sabes cómo finalmente será el
sonido de estos procesos?»,
le pregunta F. J. Oteri a Lucier1;
la respuesta: un simple no.
Quizás, al leer la partitura anterior, quienes jamás hayan oído
alguna interpretación de I am
Sitting in a Room
(Lucier, Alvin; 1969)
tengan la misma incertidumbre que el propio Lucier. Por fortuna 44
años después podemos simplemente dirigir la proa hacia Youtube2.
En breve: el resultado es que,
gradualmente, con la persistencia del intérprete en cada generación la grabación original se diluye,
quedando al final un sonido continuo compuesto por las
frecuencias armónicas resaltadas por el recinto: un drone3.
Ya en 1952 John Cage había explorado
las posibilidades musicales del silencio en su polémica composición
4'33”4:
una pieza musical puede consistir únicamente de los sonidos
ambientales del recinto donde se ejecuta. ¿En dónde queda la obra y
el papel de los espectadores aquí? La obra son todos
los presentes, seres animados
o no, y además cada uno forma parte esencial de la propia ejecución.
¿Podemos encontrar el inverso o, mejor dicho, el complemento de tal
experiencia panestética?
En mi opinión sí, y la muestra es I
am Sitting in a Room.
En I
am Sitting in a Room
la voz del ejecutante se
funde al fin con aquellas frecuencias que la confinan. Los sonidos
del viento, el bullicio de la gente y el tráfico, sonidos exudados
de las paredes. La resonancia de la habitación diluye y amalgama
todos estos fantasmas musicales en uno solo. Pero entonces ¿la obra
son todos los sonidos presentes? La partitura permite la voz del
ejecutante o cualquier otra grabación y, como en 4'33”,
en conjunto forman parte de la ejecución. Pero aquí todo se concentra en un
único punto que habrá de desatar un Big
Bang interno en el que
escucha.
¿Quién no ha redimido los estruendos
de una fábrica convirtiéndolos en cadenciosas percusiones? No hay
quien sea incapaz de transformar la bulla de la gente en olas de mar,
incapaz de acompañar el aliento del océano con una suave melodía
que jamás tocará el mundo externo. Si el silencio nos deja
desamparados en un océano de éter, la gradual concentración de
todos los sonidos en uno solo no puede sino potenciar nuestra
capacidad de acompañarlo con las tonalidades y ritmos que emerjan
desde nuestra intimidad.
La astucia de Lucier consistió en
transformar sus limitaciones (su voz en la grabación original era
importante para él pues es tartamudo) en una obra que puede fascinar
a cualquiera. El compositor nos dice en la partitura que al final se
conserva el ritmo de la primera generación, sin embargo, lo que se
conserva es el ritmo de quien escucha: el que lleva la música por
dentro.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario