sábado, 27 de diciembre de 2014

Jardín

(Fotografía: Keristin Gaber)



Cuando practico caligrafía no puedo dejar de pensar en mi abuela.

Ella y su hermana crecieron en el centro de Campeche.

Apenas comenzaba el siglo, y sus padres atendían una panadería.

Mi abuelo y su hermano llegaron del puerto de Vigo a Campeche en un barco que transportaba parrillas, pinzas, y quizás otras cosas que bien podrían usarse para hornear pan.

Llegaron juntos, pero eran marineros, no hermanos.

Uno se va de casa para encontrarla en otra parte.

Pedro se robó a Rosa, mi abuela, la hermana menor.

Prisciliano se robó a Lucrecia, la hermana mayor.

Luciana, la primer hija de mis abuelos murió a los dos años.

Mi abuelo se fue.

Dicen que trabajó en una plantío de chicle.

Era un hombre bravo, lo mataron a machetazos en una pelea.

No sabía que mi abuela estaba embarazada cuando se fue.

Cuando veo a mi hijo no puedo dejar de pensar en mi padre.

Mi abuela no tuvo leche, a mi padre lo amamantaron las mujeres del pueblo que recién habían sido madres.

El jardín más hermoso que he visto era de mi abuela, la mujer más dura que he conocido.

Mi padre era casi un santo, era tan bueno que todos en el pueblo le veían la cara.

Llevo cuarenta años viviendo en la Ciudad de México, pero la caligrafía me hace pensar en mi padre, en mi abuela y en mi hijo.

~o~

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